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7/5/11

A mi padre, un gran amigo que me ha enseñado mucho. A mi madre, guapísima, que me ha enseñado a reír.



«Cathia tiene el mejor culo de Europa.»
El grafitto rojo brilla con toda su desfachatez sobre una columna
del puente de la avenida Francia.
Cerca, una águila real, esculpida mucho tiempo atrás, seguramente ha
visto al culpable pero no hablará nunca. Algo más abajo, como un peque-
ño aguilucho protegido por las rapaces garras de mármol, está sentado él.
El pelo corto, casi a cepillo, rebajado en la nuca como el de un
marine y una cazadora Levi’s de color oscuro.
El cuello levantado, un Marlboro en la boca y las Ray-Ban en los
ojos. Aspecto de duro, aunque no lo necesita. Tiene una sonrisa preciosa, a pesar de que son pocos los que han tenido oportunidad de
poder apreciarla.
Tras el paso de cebra, algunos coches se han detenido amenazadores en el semáforo. Ahí están, en fila, como en una carrera, si no
fuera por su variedad. Un Cinquecento, un New Beatle, un Micra, un
coche americano sin identificar y un viejo Fiat Punto.
En el interior de un Mercedes 200, un delgado dedo con las uñas
mordidas da un leve empujón a un CD. En los altavoces Pioneer laterales, la voz de un grupo de rock cobra vida repentinamente.
El coche se pone de nuevo en marcha siguiendo la marea. Como
dice la canción, ella también quisiera saber  ¿Dónde está el amor?
Pero ¿existe realmente? De una cosa está segura, prescindiría gustosa
de su hermana, quien desde atrás sigue repitiendo con insistencia:
«Pon a Eros, venga, quiero escuchar a Eros.»


Introducción del Capítulo primero del libro a tres metros sobre el cielo.